Azaña y el republicanismo español en el siglo XXI

RGHRamón García Hernández. Secretario de Comunicación de Alternativa Republicana.
“Quiero republicanos para la República”
Manuel Azaña Díaz. [1880-1940]
Cuando se cumplen 75 años de la muerte de Don Manuel Azaña, el gran referente del republicanismo español de siglo XX, me parece oportuno plantearnos una cuestión que me ronda hace tiempo: ¿Somos los republicanos y republicanas de la España del siglo XXI dignos de la causa que nos hemos comprometido a defender y que en otro tiempo representaron personajes de la altura política e intelectual de Azaña?
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La respuesta no debe ser simple ni fácil puesto que hay que dilucidar en primer lugar dónde están y cuáles son los republicanos de nuestro siglo. No creo que sean sólo los que militamos o simpatizamos con partidos políticos explícitamente republicanos. De hecho, una gran labor de difusión de las ideas republicanas se está realizando desde ateneos y asociaciones culturales republicanas con muchos años de andadura y gran número de socios. Es quizás la parte más satisfactoria de la situación actual del republicanismo.
La andadura del republicanismo a lo largo de estos años de monarquía postfranquista no se puede entender sin dos aspectos básicos que lastran nuestras posibilidades de crecimiento:
1. La guerra civil y la posterior dictadura destruyen a conciencia la idea republicana. El exilio (interior y exterior) o la muerte son el destino de los grandes políticos republicanos. Singularmente, pienso que la represión de los maestros y maestras de la República demuestra el especial empeño del franquismo en acabar con el republicanismo, al ser gran parte de los docentes afiliados o simpatizantes de Izquierda Republicana. El exilio exterior se divide en múltiples rencillas personales que dejan al republicanismo político fuera de combate frente a un PCE apoyado por la URSS o el PSOE que también consigue una cierta continuidad para revivir con el apoyo de EEUU y la socialdemocracia alemana a partir de Suresnes, convirtiéndose en partido turnante de la nueva restauración.
2. Los partidos explícitamente republicanos no son legalizados a tiempo para que puedan presentarse a las elecciones del 15 de junio de 1977. El PCE si fue admitido pero nunca he oído a ninguno de sus dirigentes lamentar que los republicanos quedasen fuera de la posibilidad de estar en las Cortes Constituyentes.
No obstante, ha transcurrido mucho tiempo desde entonces y no parece que la cuestión republicana haya podido levantar esas pesadas losas históricas. No hemos conseguido hacer del republicanismo un actor político relevante. Después de ciertos intentos en los comienzos de la llamada transición, Izquierda Republicana se incluye dentro de las formaciones fundadoras de Izquierda Unida en 1986. El problema es que la hegemonía del PCE en la coalición impide que la voz de los republicanos tenga algún perfil propio. Tampoco los dirigentes de IR parecen tener demasiado interés en ir más allá de la presencia testimonial anclada en la figura de Azaña como referente histórico pero sin traer su mensaje a la España actual.
Transcurren así varios años de existencia en un letargo irrelevante en el seno de una coalición que tampoco tuvo mucho interés en visibilizar el republicanismo en su ideario. El republicanismo de IU era y es una cuestión puntual y formal más que algo básico y de fondo. Ciertamente al hilo del 75 aniversario de la proclamación de la II República en 2006 parece que la tricolor aparece de una forma más nítida en sus manifestaciones externas pero sustancialmente no hay una apuesta por ir hacia una III República, incluso con Anguita al frente de la coalición.
Llega el momento en el que algunos republicanos y republicanas queremos salir de la mera presencia testimonial y hacer política de verdad diciendo a las claras que queremos impulsar un cambio de régimen que termine con la restauración postfranquista y permita una salida de la crisis en clave republicana. Es lo que intentamos desde Alternativa Republicana desde nuestra constitución en 2013.
Es cierto que el mundo del republicanismo sigue fuertemente atomizado en multitud de pequeñas organizaciones con escasa militancia y capacidad de influir de manera determinante en el debate social y político.
En los últimos años, hemos asistido además a la creación de una Junta Estatal Republicana subordinada a las directrices de IU-PCE y absolutamente inoperante en lo referido al crecimiento de la reivindicación republicana.
Pero por otra parte, en la Marchas de la Dignidad del 22 de marzo de 2014 fue mayoritaria la presencia de banderas republicanas y las manifestaciones del 2 de junio, tras la abdicación de Juan Carlos, casi sin convocatoria formal, fueron multitudinarias percibiéndose una atmosfera de cambio posible que fue rápidamente anulada por la represión y la manipulación del régimen junto con la falta de decisión y posicionamiento claro de Podemos e Izquierda Unida como actores políticos relevantes. Una ocasión perdida por que algunos aplicaron cálculos tacticistas en vez de miradas a largo plazo.
Hay una posibilidad real de que el republicanismo salga de los márgenes a los que se ve apartado y que entre de lleno en la sociedad española pero hay que organizarse, coordinarse y mantener una línea constante sin dependencias externas ni coyunturales. El ejemplo de Azaña es aquí palmario cuando se funda en 1934 Izquierda Republicana, en la que se unifican diversas formaciones republicanas de izquierda ganando una mayor capacidad de influencia en la política de la II República. Como él mismo dijo durante la asamblea que constituyó el nuevo partido “no cabe otro propósito que desarrollar una táctica combativa, de energía y decisión”. La unidad de las formaciones políticas republicanas había sido hasta entonces una sucesión de intentos fracasados. El reto hoy vuelve a ser el mismo.
Aquellos que nos consideramos republicanos, incluso dentro de formaciones que no se definen de forma expresa como republicanas, tenemos el deber de hacer de nuestro país la República que merecemos, libre de las ataduras que se nos han impuesto durante tantos años. Y no debemos dejarnos condicionar por los objetivos que otros nos imponen como prioritarios o urgentes. Sin República no habrá verdadera democracia, ni verdaderos derechos y libertades para los ciudadanos y ciudadanas. El régimen actual es la prolongación del franquismo con otras formas. La farsa de la Transición tiene que tener un final. La República es que la ciudadanía de nuestro país se haga dueña de su destino sin hipotecas.
No es tarea fácil pero es absolutamente inaplazable y necesaria. Nos lo debemos a nosotros mismos porque es la causa por la que luchamos, a las futuras generaciones que merecen vivir en una auténtica democracia llamada III República Española, y a los que nos precedieron y dieron la vida por ello como Manuel Azaña.

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