Delenda est Monarchia

Rafael Luna. Secretario General de ALTER

Alberto II de Bélgica anunció ayer al país, en un mensaje televisado, su renuncia al trono acosado por múltiples escándalos. La marcha del soberano belga se suma a la reciente de la reina Beatriz de Holanda, que el pasado mes de abril cedió la corona a su hijo Guillermo Alejandro. Pero el monarca español, lejos de pensar en la sucesión, ha diseñado una nueva campaña de imagen, casi a la desesperada, para tratar de mejorar su maltrecha reputación, reforzando el papel de “árbitro” y “moderador” que le otorga la Constitución.

En Madrid se ven las cosas de forma muy distinta. La frenética actividad desplegada por el monarca en las últimas semanas para “propiciar acuerdos” entre los grandes partidos, reforzando su papel constitucional de “arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones”, no es casual. Forma parte de una estrategia cuidadosamente diseñada por la Casa del Rey para tratar de rehabilitar la imagen de la Corona, cada vez más deteriorada entre la opinión pública, como se ha podido visualizar en las recientes apariciones públicas de los miembros de la familia real, siempre acompañadas de abucheos y silbidos.

La Zarzuela se ha servido, primero, de la televisión pública como vehículo de lanzamiento de esa nueva campaña de imagen, cuyos resultados aún están por ver. El pasado 4 de mayo, el programa de TVE Audiencia Abierta aseguró que el Rey había comunicado por separado al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y al líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, su intención de impulsar un gran pacto institucional contra el paro y dar “un fuerte impulso a la Corona” aumentando sus contactos con partidos políticos, empresarios, sindicatos y ciudadanos, además de propiciar acuerdos siempre desde “una escrupulosa neutralidad”.

Nadie ignora que la monarquía española está en jaque. A su ilegitimidad de origen, se une una cada vez más inocultable falta de justificación moral y el creciente hartazgo de una sociedad enfrentada a las dificultades del día a día, que no comprende por qué una familia designada por un dictador, acumula poder y tesoros sin mérito conocido.

La Monarquía es una institución que perpetúa un vasallaje ciudadano que es negativo en el desarrollo democrático del país. Esta situación es todavía peor en los países, como España, donde la Monarquía ha sido históricamente identificada como el centro de las instituciones del Estado que garantizan la existencia de una estructura de poder que no ha sido sensible o receptiva a los deseos y ansias populares.

La misma que sustenta un modelo productivo de salarios cada vez más bajos para que aumenten sin cesar sus rentas, de endeudamiento generalizado para que ganen más los bancos, de reducción del gasto para convertir en negocios privados los servicios públicos y de democracia de baja intensidad para que los gobiernos no tengan que rendir cuentas ante la opinión pública por los favores tan descarados que hacen al poder económico. Y es lógico, porque así han obtenido los beneficios más altos de su historia y porque no les importa que vuelva a estallar una nueva crisis, o incluso que nunca salgamos de esta. Tienen suficiente poder como para aprovecharse de ella y posibilidad de salvar sus intereses en cualquier otro sitio del globo.

Sociedades que apuntan a los caudillismos de seres indispensables, de “Mesías” o de monarquías basadas en el derecho divino y en la transmisión por la sangre de la capacidad de gobernar son incompatibles con la racionalidad y la sensatez. Ser Republicano, como ha dicho alguien, es cuestión de inteligencia.

Los asuntos públicos en un Estado republicano de derecho, exigen – más allá de la letra – un lenguaje y una actitud de verdad, para que la ciudadanía se sienta tanto reflejada como representada en los mismos, independientemente de la posición que sustente, y no sienta que sólo es utilizada por intereses que la trascienden.

Pensamos que todo accionar que esté en discordancia con la necesaria virtud republicana que deben tener los dirigentes y los mandatados, redundará en un debilitamiento de la confianza ciudadana en sus Instituciones. Ya sucedió en el pasado y aun lo sufrimos. Que esto no nos ate. Con la República tenemos todos la oportunidad de evitarlo para el futuro, en particular siendo ejemplo de virtud ciudadana y grandeza, principalmente como paradigma en dirección de las próximas generaciones.

Nosotros, los republicanos, no queremos que el monarca abdique a ningún derecho “divino”  sucesorio, simplemente lo que exigimos es que la jefatura del Estado sea elegida por el único soberano de un país libre: el pueblo.

“Y como es irremediablemente un error, somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestro conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!

Delenda est Monarchia” (José Ortega y Gasset).

Viva la República

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2 comentarios en Delenda est Monarchia

  1. Aquí no hay abdicación – que eso significa acabar con los privilegios – sino transmisión de los privilegios, que es una forma acrisolada – y muy disimulada – de mantener los privilegios sin que se note.

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