Dentro de un mes

Alfonso J.Vázquez Vaamonde. ALTER Madrid.
Sí, ya solo falta un mes para poder recordar el aniversario de la Primera República.
Aquella primera oportunidad que se dieron nuestros antepasados para ser demócratas.
Aquella república que ¡por desgracia! se convirtió en una oportunidad frustrada de progreso.
Ése, Sr. Ruiz-Gallardón, sí que fue un aborto, que ni la aprobación de la Constitución permitieron sus predecesores. Fue un aborto ilegal. En vez de bisturí se empleó el sable contra la primeriza democracia. Así “razonan” los dictadores. Así vuelven a España los Borbones a los que los españoles habíamos echado.
Los españoles ya éramos capaces de concebir la democracia como un valor.
El fracaso de la I República demostró que es fácil atropellara a un pueblo pacífico con militares violentos.
Había pasado apenas medio siglo de aquella confesión tan deshonrosa que aun lacera nuestros oídos “¡vivan las caenas!” de aquellos españoles, ¡pobres analfabetos!, que apoyaran el golpe de Estado con el que el Borbón más felón de todos los Borbones que nos han caído en desgracia, ¡y han sido muchos!, reinstauró la monarquía absoluta rechazando la oportunidad de progreso de una monarquía parlamentaria que, aunque dictadura, al menos era parlamentaria.
Expulsado el primer Borbón, Isabel II, y tras la inmensa suerte de hallar a un rey inteligente y constitucional, los de siempre, la derecha, la iglesia y el ejército se oponen al progreso. La parte de los vascos más reaccionaria y nacional-católica organiza la tercera guerra carlista. En Cuba se recrudece la guerra por la necedad de la derecha que no le quiere conceder igual representación en cortes. El Presidente Ruiz Zorrilla quiere disolver el cuerpo de artilleros y el ejército ¡siempre golpista!, le propone prescindir de las Cortes y que gobierne de modo absoluto.
Amadeo I decidió marcharse: “Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha [se refiere a España],entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos … Fuera de la ley no ha de buscarlo [el remedio] quien prometió observarla”.
¡Pocos países pueden decir que tuvieron un rey que se marchó ¡porque ser un rey honrado! Los que se van, Alfonso XIII condenado en rebeldía por traidor, lo hacen para huir y no hacer frente a los delitos cometidos.
Todo parecía indicar aquel 10.02.73, que el triunfo de los más honrados era augurio de un próspero futuro. Frente a los maniobreros que quería controlar la vacancia del poder, el Ministro Cristino Martos dijo que cuando a la Cámara llegara la renuncia formal del rey, el poder sería de las Cortes y que “aquí no habrá dinastía ni monarquía posible; aquí no hay otra cosa posible que la República”. Sin violencia: sólo palabras, sólo razones. El republicano Estanislao Figueras logró que las Cortes se declararan en sesión permanente. Mientras, una multitud de ciudadanos exigía la proclamación de la República rodeando el Congreso, ¡una vez más era disuelta en el ejercicio democrático de su libertad por las Fuerzas y Cuerpos de la represión que entonces se denominaban Milicia Nacional.
Se propone que el Congreso de los Diputados proclame la República por parte de los jefes de los distritos republicanos de Madrid y Barcelona. Eso motivó la convocatoria de ambas Cámaras produciéndose la formalidad de la lectura de la renuncia de Amadeo I. Ausente el Presidente del Gobierno, cuyas maniobras no habían triunfado, uno de sus ministros, el mismo Cristino Martos de la víspera, anunció que el gobierno también devolvía sus poderes a las Cortes.
En consecuencia éstas quedaron convertidas en Constituyentes y asumían – ¡en representación del pueblo! – toda la soberanía y poderes del Estado. Tras ello se aprobó una proposició que decía: “La Asamblea Nacional asume los poderes y declara como forma de gobierno la República, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de esta forma de gobierno”.
Como ocurrió con la II República, la democracia entraba pacíficamente, a pie llano y sin ninguna violencia.
No se necesita recurrir a la violencia cuando las fuerzas políticas representan el sentir de los ciudadanos.
La violencia está reservada a aquellos cuando se atropella el sentir popular con un régimen dictatorial
Que la dictadura la presida un militar o un Rey es igual: no es la democracia que quiere el pueblo.
Sólo con la violencia se domina a un pueblo que sólo quiere ser pacíficamente demócrata.
Pero que nadie se engañe: todas las dictaduras, regias o no, tienen sus días contados.
Ninguna será una excepción.
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