Egipto, golpe a golpe

José María Lafora Ballesteros

Ya casi nadie duda de que lo que define a “nuestro tiempo” es una despiadada competencia, entre políticos, clérigos, medios de comunicación y arribistas de distinto pelaje, por inventar la última insensatez, elaborar la mayor estupidez, insultar a la inteligencia del ciudadano o pergeñar la más perniciosa agresión a las libertades formales. Tal procedimiento no se explica sin constatar una pasividad en la ciudadanía que convierte su silencio en complicidad autodestructiva y su tímida acción, cuando se da, en pretexto para seguir atentando contra la paciencia colectiva. Sin duda subyace en esta consideración una falta total de democracia o, por decirlo de manera más suave, una pésima calidad democrática. Por no entrar en un análisis pormenorizado que ocuparía cientos de páginas podemos concluir que lo que caracteriza a las democracias actuales es su carestía democrática, su endeblez y su control. Conformamos una serie de estados libres que, en el mejor de los casos, garantizan, más tímida que realmente, unas libertades formales y unos elementales derechos, casi siempre sobre el papel y nunca en la cruda cotidianidad, que siempre excluyen la participación ciudadana y la inmersión de individuos y colectivos en la vida política.
La realidad española responde plenamente a las consideraciones expuestas. Resumiríamos afirmando que no llega a comprenderse cómo el sistema se sigue sustentando en los mismos argumentos, en los mismos discursos, en los mismos tertulianos, en los mismos parásitos y en la misma simpleza con que abordaron, todos ellos, su proceso fundacional. Pero más extraña que las víctimas no lo hayan hecho aún explotar. Más allá de esta extrañeza se consolida una preocupante pasividad ciudadana.
Egipto, su actualidad socio-política, ha saltado al primer plano de nuestros medios acaparando los vicios analíticos apuntados. Se trata, en definitiva, de un proceso que define lo que se ha venido en llamar “La primavera árabe” que no ha sido otra cosa que una coctelera en que se han agitado compulsivamente intereses supranacionales a partir de una realidad tan constatable como efímera, el cabreo de las masas populares ante un sinfín de agresiones. Lo que parecía ser, siempre a la luz de la estrechez de miras de los medios de comunicación, una explosión democrática tras el derrocamiento de Mubarak, se ha quedado en algo tan peligrosamente confuso que momentáneamente ha travestido el habitual dogmatismo ideológico del “periodismo moderno” en su primitiva y loable función informativa aunque solo sea por impotencia mental analítica propiciada por el desgaste y el abuso de términos, conceptos y argumentos conforme han ido protegiendo los intereses de los “amos” del sistema.
El derrocamiento de Mubarak concluyó en un proceso electoral lleno de agujeros, carencias e irregularidades del que salió fortalecido el movimiento llamado de los “Hermanos musulmanes” con un 51% de los votos. Vamos a obviar en estas líneas lo que de aberrante, desde el punto de vista de purismo democrático, tiene la contradicción imposible de superar entre democracia y gobierno desde la Ley religiosa, coránica en este caso. Quiero centrarme en una aberración de mayor envergadura cual es la justificación del golpe de estado militar. Efectivamente, las protestas cívicas de las últimas semanas se han centrado en la descalificación del gobierno islamista de Mohamed Mursi, protestas que han “obligado” al ejército a derrocar no se sabe bien si el régimen o solo el gobierno. Nos guste o no nos guste, el manual de “Mínimos democráticos” establece la legitimidad de un gobierno surgido de las urnas. Tal gobierno, por nefasto y corrupto que nos pueda parecer, solo ha de tener fin en las urnas o en la masiva presión popular manifestada en la calle, tal como ocurrió cuando se hizo abandonar a Mubarak. En el caso egipcio tal era el camino, la lucha popular que obligara a abandonar el escenario político a una fuerza y un gobierno ya deslegitimados por sus actos. Pero, en esto, intervienen las fuerzas armadas, escondiendo intereses ajenos y foráneos, para “agilizar” el proceso. Desde la perspectiva de que un golpe militar solo es plausible cuando se ejerce, como en el Portugal de 1.974, contra un régimen dictatorial, el golpe propiciado en Egipto no puede pretender ampararse en perspectivas democráticas de su población porque el mismo acto del golpe desvirtúa cualquier pretensión democrática.
Pero aún más chirriante que el mismo golpe ha resultado el comportamiento de las “democracias occidentales” y sus incontables voceros ante el fenómeno. Desde los silencios cortantes hasta las justificaciones, desprovistas de un mínimo de coherencia democrática, del golpe, uno por uno, los Estados democráticos han ido desenmascarando sus estructuras de poder para desvelarse, en plena desnudez, ante la ciudadanía como gestores de grupos de presión y lobbies financieros y no como garantes de las libertades democráticas. Un discurso muy escuchado ayer y hoy en los medios audiovisuales es que el gobierno de Mursi se ha deslegitimado él solo por lo que “el pueblo” está legitimado, en uso de su sagrada libertad, para derrocarlo y el ejército capacitado para ser fiel intérprete de la voluntad popular. Creía concluida mi capacidad de asombro pero constato que no, que siempre queda sitio para nuevas piruetas y contorsiones. Los correveidiles del sistema están pisando un terreno muy resbaladizo que solo les permiten explorarlo las ya aludidas carencias democrática de nuestra sociedad. Se trata de consolidar la idea de que las fuerzas armadas se erigen, en cualquier momento y lugar, en “sensores” de los ímpetus ciudadanos para interpretarlos a conveniencia de quienes a miles de kilómetros están diseñando un estado de cosas a su exclusiva medida y antojo. Debería repugnarnos comprobar que los que aplauden este golpe por “imperativo democrático” son los mismos, salvo excepciones, que legitimaron la rebelión contra nuestra legalidad republicana y legitiman el eterno silencio que ampara los crímenes surgidos del “régimen del 18 de Julio”. Son los mismos que domesticaron nuestra capacidad ciudadana en “La Transición” y secuestraron nuestra libertad para sacarla de paseo cada cuatro años a fin de consolidar su sistema bipartidista. Son los mismos que estafan o encubren estafas, los mismos que sostienen coronas que a su vez a ellos les sustenta. Son los lacayos de la troika y obedientes emisarios de sus amos.
Hemos de concluir gritando a los cuatro vientos que un demócrata jamás puede justificar un golpe y mucho menos militar. Si echa raíces la idea de que las fuerzas armadas son las intérpretes del sentir popular el harakiri de la democracia, por elemental que ésta se nos ofrezca, será su consecuencia. Si para los demócratas tales acontecimientos deben suponer un estímulo en la lucha, para los diseñadores, que también beneficiarios, del golpe, me temo, que solo constituye un argumento para, a medio y largo plazo, consolidar el desarme ideológico y organizativo de la ciudadanía y, a corto plazo, como mucho, motivo para tomarse una copa mientras cuantifican la subida de los precios de los carburantes. A este nivel de cloaca ha caído lo que nos venden por democracia “nihil obstat”.

Segovia, 5 de Julio de 2.013