El rey de España: el último superviviente

Javier González Sabín. Secretario General de la Federación de Madrid de ALTER.
Javier González Sabín. Secretario General de la Federación de Madrid de ALTER.

Javier González Sabín. Secretario General de la Federación de Madrid de ALTER.

En toda deliberación política, hay siempre lugar para el debate monarquía-república: sucesión de opiniones en favor de uno u otro modelo, visiones enfrentadas de mayor o menor sustento argumental y, normalmente, una sentencia de quienes defienden el cetro y la corona: “¡Fíjate en los ingleses, como quieren a su reina, ellos son verdaderos patriotas: parece mentira que en España no pase lo mismo!”

 

De primeras, pensaríamos en una diferencia cultural entre un país y otro, una mera distinción social reflejada en la conducta de gobierno. ¡Demasiado sencillo! La madurez política de la Europa Occidental se inclina hacia trazos comunes, pautas organizativas que engloban aspectos generales de la configuración del sistema. El ciudadano/a inglés no es monárquico por no haber descubierto el republicanismo, ni tampoco es republicano el español por haber asumido prontamente la forma más acorde con la evolución natural de los pueblos.

 

La clave del distintivo se basa en las repercusiones sociológicas de la historia reciente. En concreto, regresemos a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y comprendamos sus consecuencias en las formas de gobierno:

Para los modelos de Estado, las guerras mundiales son siempre apuestas; apostar por el ganador implica reforzar el sistema e inclinarse por la balanza del derrotado, disolverse. Y así lo hemos visto tras el final de la contienda: los apoyos monárquicos a los abatidos fascismos fueron verdugos de su propia monarquía, y reinos como el de Portugal, Grecia o Italia vieron el ocaso y anochecer poco tiempo después de la guerra.

Pero hubo unos reyes que ganaron la apuesta, apoyaron a la democracia, aún pese a la naturaleza autoritaria de su puesto: luego, al final de todo, su corona se vio respaldada por el peso de la victoria. Y aún por si fuera poco, hubo una casa real, la británica, decidida a quedarse y alentar personalmente a las víctimas civiles de los bombardeos nazis, en momentos de rendición europea ante el águila imperial alemana. Entendamos entonces las magnitudes del triunfo real en Reino Unido: la Corona inglesa no solo se convertía en símbolo de integridad nacional, sino de la resistencia europea ante el totalitarismo insaciable. ¡Ya lo decía otro rey, aunque poco afortunado: “En el futuro solo habrá cinco reyes: el Rey de Inglaterra y los cuatro de la baraja”!

monarquia ilegitima

Y ahora que se comprende el motivo del apoyo casi unánime a la monarquía británica, nos preguntamos: ¿Cuál fue el papel de la Corona española durante aquel tiempo? Exiliado, respirando el polvo de su legado, Alfonso XIII alentaba al régimen fascista, aunque no beligerante, impuesto en España con dureza. Mientras el rey de Inglaterra estrechaba la mano, uno por uno, a los afectados londinenses de 1942, el monarca titular español se regocijaba, entre calada y calada, de las muchas víctimas del fascismo, incluido aquellas que habían defendido la legalidad republicana desde 1936. Al tiempo que otras familias reales se negaban a formar parte de gobiernos colaboracionistas, el representante de la Corona española donaba millones de pesetas al único colectivo nacional-socialista del país: la Falange de las Jons.

 

Y el rey de España es, a día de hoy, el único soberano europeo de herencia totalitaria, el último superviviente de un dominó de reyes destronados por sus lazos con el fascismo. Tal vez, deberíamos de pensar en la benevolencia de la población española, en su pasividad o en su condición olvidadiza de la historia. En un país en el que, durante cuatro décadas, y ante la indiferencia internacional, fue tolerado el autoritarismo, podemos pensar que algo no funciona adecuadamente: no se progresa a la velocidad del resto. Spain is different.

Pero con todo, la organización de nuestro país sigue siendo contraria a la naturaleza sociológica de Europa, y ahora el precio de la supervivencia monárquica es la reprobación permanente de las generaciones actuales: pues nuestro rey es impuesto, y las imposiciones no simpatizan con el futuro.


 

 

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