En el reino de España no hay libertad ni para pitar

Arturo del Villar.

Colectivo Republicano Tercer Milenio

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LA Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte, reunida de urgencia el 1 de junio para estudiar lo sucedido en el partido final de la Copa del Rey jugado en el Camp Nou el día 30 de mayo, ha expresado su condena “de todos los incidentes, y muy especialmente de los pitidos, ofensas verbales y gestuales” lanzados contra el rey de España y los símbolos de la monarquía fascista instaurada por el dictadorísimo en 1969 y todavía en el trono.
Esos incidentes constituyen un referéndum, en el que ha expresado el pueblo su rechazo de la monarquía fascista. No disponemos de otro medio para hacer pública nuestra opinión, sobre la forma de Estado decidida por el militar rebeldísimo que organizó una guerra criminal, y tras vencerla fusiló, encarceló y mantuvo aterrorizado al pueblo durante más de 39 años, asegurando con su habitual cinismo que dejaba su régimen “atado y bien atado”. Y no mentía a decirlo.
En el reino de España no existe de hecho la libertad de Prensa, aunque en teoría la garantice la Constitución. Los escritos impresos en papel considerados por los jueces monárquicos insultantes para la familia irreal, son secuestrados (en lo posible), y sus autores condenados a penas de prisión y multas. Cuando el escrito se difunde por la red informática, los autores reciben las mismas penas, aunque con ello se promocionen sus ideas y alcancen una difusión internacional inmediata.
La celebración de manifestaciones callejeras debe ser solicitada ante la Delegación del Gobierno, con exposición de los fines, nombres de los convocantes, direcciones de los responsables, itinerario, asistencia calculada, lemas, intervenciones públicas, música, etcétera. Las fuerzas policiales al servicio del rey, armadas con porras y protegidas con grandes escudos, mantienen acordonado el trayecto, y cuando a sus jefes les parece que las protestas son excesivas, según su entendimiento de los límites de la libertad de expresión, ordenan atacar contundentemente a los manifestantes, apalearlos y detener a los que se resistan. Los conducen a las comisarías para ficharlos como enemigos del sistema, y a unos los ponen en libertad después de advertirles que quedan fichados, y a otros los llevan ante el juez monárquico para que les imponga la pena que considere oportuna. Algunos van por su parte a los hospitales. De todo lo que escribo tengo experiencia propia, como atestigua mi ficha policial.

LOS PITIDOS SON UNA VOTACIÓN

Puesto que no podemos expresar nuestras opiniones ni en la calle, ni en impresos, ni en la red, únicamente nos queda el recurso de lanzarlas al aire por medio de gritos y pitidos en las aglomeraciones, cuando a la policía del rey le resulta complicado intervenir entre la multitud. Los gritos y pitidos contra el rey fascista y sus símbolos, el himno y la bandera, constituyen un plebiscito, ya que se nos impide celebrarlo en las urnas.
El rey designado por el dictadorísimo su sucesor nunca fue nuestro rey, porque no lo habíamos elegido. Tampoco lo es su hijo, sino que es el sucesor por capricho de los espermatozoides del sucesor elegido por el dictadorísimo genocida para continuar su régimen absolutamente ilegal, como derivado de su victoria en la guerra organizada contra el régimen legítimo constitucional, elegido por el pueblo mayoritariamente. En las últimas elecciones libres celebradas en España, el 16 de febrero de 1936, el Bloque Nacional, que agrupaba a los monárquicos de Renovación Española y la Comunión Tradicionalista, obtuvo 24 diputados de un total de 473 escaños existentes en el Congreso. Las cifras demuestran el desafecto de la inmensa mayoría de los votantes hacia los monárquicos de las dos ramas borbónicas enfrentadas por el afán de reinar.
La historia posterior es tan conocida que baste recordar la sublevación de los militares monárquicos el 18 de julio, apoyada por los países nazifascistas Alemania, Italia y Portugal, con el auxilio financiero del Vaticano y del exrey Alfonso de Borbón, mientras las naciones presuntamente democráticas acordaban un pacto de no intervención en España. Los militares rebeldes cambiaron los símbolos republicanos constitucionales, la bandera tricolor y el Himno de Riego, por los monárquicos ilegales, la bandera bicolor y la Marcha Real. Cautivo y derrotado el pueblo en 1939, los vencedores constituyeron un reino original, con los símbolos monárquicos, en el que todos los poderes quedaban asumidos por el dictadorísimo criminalísimo.

LA MONARQUÍA FASCISTA IMPUESTA

Para perpetuar su régimen, él mismo designó en 1969 a un sucesor a título de rey, en la persona de Juan Carlos de Borbón, una vez que hubo jurado lealtad a su exigua persona y fidelidad a sus leyes genocidas. Anunció muy claramente que no restauraba la monarquía, sino que instauraba la monarquía del 18 de julio, la de su régimen genocida contra el pueblo. El designado repitió el juramento en 1975, para ser proclamado rey tras la muerte del exgeneral rebeldísimo. En consecuencia era un rey fascista carente de legitimidad.
Los borbones no pueden legalmente ostentar ningún título válido en España, porque el 20 de noviembre de 1931 las Cortes Constituyentes de la República, legítimamente constituidas, desposeyeron al exrey Alfonso de Borbón “de todas sus dignidades, derechos y títulos […] sin que pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores”. Las Cortes poseían la legitimidad de su elección popular, mientras que la designación de sucesor a título de rey, hecha por un militar golpista causante de una guerra sanguinaria, carece de la menor legalidad. Los símbolos de esa monarquía son nazionales, no nacionales.
A los españoles se nos impide elegir la forma de Estado preferida, como se ha realizado en otros países de nuestras mismas historia y cul-tura. Por ejemplo, en Italia se llevó a cabo un referéndum el 2 de junio de 1946, con el resultado de ser rechazados mayoritariamente los desprestigiados saboyas, y la proclamación de la República. En Grecia se organizó otro referéndum el 8 de diciembre de 1974, que prefirió el régimen republicano por un 69,2 por ciento de los votantes, y privó de todos sus títulos al exrey Constantino y al resto de su familia, negándoles incluso la utilización del nombre de Grecia como apellido, a pesar de lo cual Sofía lo sigue usando, y su hijo Felipe también, en lu-gar del que les corresponde de Schleswig—Holstein—Sonderburg–Glücksburg. Para ellos carecen de importancia las decisiones legales que no aprueben ellos mismos.

UNA TRISTE HISTORIA DE ESPAÑA

Los españoles no hemos podido opinar desde 1939, porque fuimos vasallos sin derechos durante la dictadura fascista, y seguimos siéndolo todavía bajo su heredera la monarquía fascista. El militarcito sublevadísimo nos colocó al sucesor elegido por su voluntad omnímoda para que continuase su régimen criminal, y además con carácter vitalicio y hereditario, sin molestarse en consultar la opinión popular, porque la despreciaba. El designado juró voluntariamente, y por duplicado, fidelidad a las ilegales leyes represivas de la dictadura, para convertirse en rey fascista.
La República Española fue abandonada por las potencias consideradas democráticas, sin más ayuda que la efectiva proporcionada por la Unión Soviética y la testimonial de México. Han alegado que temían molestar a las poderosas potencias nazifascistas de Alemania e Italia, secundadas por Portugal y el Vaticano. Su cobardía no les sirvió para nada, puesto que en 1939 tuvieron que entrar en guerra contra ellas. Las derrotaron, pero olvidaron a su colaboradora la España dictatorial.
Fue aceptada la larga y sanguinaria dictadura fascista en España, entre 1939 y 1975: seguía tácitamente vigente el pacto de no intervención. Murió de viejísimo el dictadorísimo, y se aceptó la continuidad de su régimen en la monarquía fascista. Los españoles somos tenidos en cuenta únicamente para convertir nuestro territorio en bases militares y colonias gringas, para servir a los turistas como criados, y para participar en corridas de toros y competiciones deportivas. La política española también está colonizada por el imperialismo gringo, al que le conviene contar con una dictadura fascista primero y con una monarquía fascista ahora, sometidas sumisamente a sus órdenes, para disponer de medios con los que intervenir cuando les place en países soberanos, siempre poseedores de riquezas naturales. Pero su inmensa maquinaria destructiva no consigue dominar a los pueblos anhelantes de libertad. No es el caso del español.

COMO NOS IMPIDEN VOTAR, PITAMOS

Los horrores de la guerra desatada por los militares monárquicos, que originó un millón de muertos, medio millón de exiliados y un número incalculable de presos, además de aniquilar la economía, por la destrucción de la agricultura y la industria, han retenido a gran parte del pueblo español las ansias por recuperar la legalidad republicana. Todos queremos evitar otro conflicto bélico, por lo que exigimos la celebración pacífica de un referéndum, en el que podamos elegir la forma de Estado predilecta. Es lo que se ha hecho en las naciones democráticas europeas, pero se nos niega a los españoles, por carecer de una democracia efectiva.
En consecuencia, no tenemos otro recurso que acudir a los actos en los que intervienen personas de la llamada familia real, que es la más irreal de todas, para manifestar nuestra repulsa de la monarquía, un régimen absolutamente ilegal en España, y desprestigiado en el mundo.
En 1900 solamente había tres repúblicas en Europa: Francia, Suiza y San Marino; todos los restantes estados eran monarquías. En 2000 solamente había siete monarquías en Europa: España, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Suecia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, aunque se concede ese rango a los minúsculos principados de Liechtenstein y Mónaco y al Gran Ducado de Luxemburgo, que de grande solamente tiene el nombre. Los restantes estados son repúblicas, excepto el Vaticano, que es una dictadura personal. Limitándonos a la Unión Europea, de sus 28 miembros son repúblicas 20, y siete monarquías y un gran ducado.
La realidad se impone: las monarquías han sido rechazadas mayoritariamente por los ciudadanos europeos, y antes por los americanos. Se resisten a desaparecer en África y Asia, en donde los reyes son tiranos con poderes absolutos, que no solamente detentan todo el poder político, sino también el económico, mientras los pueblos carecen de derechos, libertades y dinero.
Si a los españoles se nos permitiera decidir en referéndum la forma del Estado, es seguro que saldría vencedora la República. Precisamente por eso se nos impide votar. Y precisamente por eso pitamos al rey fascista y a sus símbolos nazionales, y seguiremos haciéndolo hasta que se marche.


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