Felipe VI o el triunfo del espermatozoide

Rafael Luna. Secretario General de Alternativa Republicana (ALTER)

Rafael Luna. Secretario General de Alternativa Republicana (ALTER)

 

La segunda acepción de monarquía en el diccionario de la RAE  dice así: “Forma de gobierno en que el poder supremo corresponde con carácter vitalicio a un príncipe, designado generalmente según orden hereditario y a veces por elección”.

Cierto es que a esta habría que añadir el apellido de “constitucional” para ser mas consecuentes y no desvirtuar la definición en si de dicha institución, es decir, “aquella en que el poder del rey está sujeto a la constitución y la soberanía reside en el pueblo a través de sus representantes”.

A nosotros, los republicanos,  nos da igual el adjetivo desde el momento que el rey, el jefe del estado, no emana de la voluntad del pueblo soberano, ni del de sus representantes electos, sino del espermatozoide mas rápido en fecundar el óvulo real. Lo cual no es la manera mas democrática de elegir al Jefe del Estado y, en nuestro caso, Jefe del Ejército.

Hoy, con la entronización de Felipe VI, nos quieren hacer creer que la mácula de heredera del franquismo de la actual monarquía española, ha desaparecido con la llegada de sangre nueva, representada en un joven “actual y moderno” un hombre de su época. Yo no lo pongo en duda, posiblemente lo sea, pero al igual que millones de españoles de su edad. La diferencia está en que, con la actual Constitución, jamás sabremos sin son mas capaces para ejercer la jefatura del Estado, que no del Ejército, que el nombrado Felipe VI.

La dictadura franquista atribuyó todo lo peor a la Segunda República, todos los problemas que tenía España pasados y presentes eran culpa de la República.  La sexta acepción de República del diccionario de la RAE dice: “Lugar donde reina el desorden”. Hemos perdido 39 años desde la Transición y casi nadie ha analizado lo que es una República ni qué inconvenientes y ventajas tiene frente a una monarquía. Nos iba bien, teníamos un rey campechano (o con imagen de serlo).

Decía Marcrino Suárez que “la Monarquía, para ser creíble, necesita un apellido. Tiene que ser parlamentaria, constitucional. Etimológicamente significa el poder absoluto del rey, lo demás es jabón para dejarlo pasar. Sin embargo, la República no necesita adjetivo”. Pensaba que, como a la palabra democracia, cuando se les añade un apellido, se las desnaturaliza. “Como cuando con Franco se hablaba de democracia orgánica, o democracia popular con los comunistas. O cuando se habla de República islámica o popular. Eso indica que ya no es la República, es decir, que los representantes públicos son elegidos por el pueblo, sino que también es un modo de gobernación muy distinto”.

Pero nosotros no entendemos la República sólo como una forma de Estado sino también una salida a la crisis, ya que esta no es no sólo es económica, sino también de conciencia cívica. Estamos viviendo con esta denominada monarquía constitucional una situación política donde los intereses de los partidos dinásticos y de sus valedores en las grandes empresas y conglomerados financieros prevalecen sobre los intereses públicos de los ciudadanos. No elegimos a nuestros representantes, es desde la dirección de esos partidos desde donde se determina la elección. Es por ello por lo que la República significa, per se, una regeneración en la gobernanza del país que debe permitir un cambio para que los ciudadanos sientan que sus intereses son adecuadamente defendidos por unos representantes democráticos en toda las extensión de la palabra.

Viva la República