La corrupción y la crisis política son inseparables

El Espacio Independiente.

No hay tema tan recurrente en nuestros días como el de la corrupción política. El 36% de los encuestados sobre el tema considera que la corrupción es el problema cuya solución es prioritaria para mejorar la vida de las familias. O lo que es lo mismo, la corrupción se ha convertido en el principal problema de nuestra sociedad globalizada por las multinacionales del capital.

Según cuentan los medios de comunicación, ha sido precisamente la corrupción una de las palancas principales de aceleración de las crisis políticas y de dominación que han puesto en quiebra las bases mismas de sustentación, tanto de dirigentes políticos como de gobiernos, alcanzando también a regímenes políticos de larga duración en los últimos años.

Las elecciones presidenciales francesas son un buen ejemplo de la relación entre corrupción y crisis política y de dominación. Los principales candidatos al nuevo trono del Elíseo, en que se ha convertido la presidencia bajo el régimen de la Vª República (institución que ha acaparado poderes impuestos por el golpe de De Gaulle que arrebató a la asamblea de representante sus poderes soberanos), se ven en estos días acusados de múltiples delitos de corrupción que afecta tanto a los candidatos de la izquierda como de la derecha. En la campaña oficial se discute casi en exclusiva de corrupción, en detrimento de los programas políticos de los diferentes candidatos, ocultándose de esta forma el debate de los graves problemas políticos y sociales. Los medios de comunicación -controlados directamente por los bancos y las grandes empresas- aderezan, a su modo y manera, todos los días esta gran ensalada de la confusión en la que se ha convertido la campaña de las presidenciales francesas.

En toda América Latina, de Colombia a Brasil pasando por Ecuador, el primer plano de la actualidad política, en medio de procesos electorales, lo ocupan también los escándalos de corrupción política e institucional. Los ex directivos de la gran constructora brasileña Odebrecht, que es la gran empresa puntera en obras públicas en estos países y en otros, han puesto en marcha hace tiempo el ventilador que reparte por doquier las manchas de la corrupción. Una campaña bien orquestada que se está llevando por delante a cargos electos, partidos y gobiernos. El Partido de los Trabajadores de Lula ha visto cómo la campaña internacional de los medios ha provocado hasta el hundimiento-destitución de la presidenta Dilma Roussef. Situación que se amplía ahora con múltiples imputaciones, que afectan a numerosos altos cargos de 13 años de gobierno del PT.  Siendo el PT y el gobierno brasileño uno de los principales afectados por las denuncias contra la corrupción, toda la suciedad del sistema económico y político se extiende como una mancha de aceite y salpica estos días también, entre otros, al presidente Santos en Colombia, o a los ex presidentes de Perú y a los continuadores del ex presidente Correa de Ecuador, país que va a las urnas para elegir presidente el próximo 2 de abril.

Mientras la derecha económica y política, los verdaderos amos del mundo, organizan eficaces campañas políticas contra la corrupción para defender sus intereses de clase, logrando con ello ciertos apoyos populares -y no sólo en América Latina-, las contrarreformas sociales se suceden y se simultanean en cada país. Donde se desarrollan campañas relativas a la corrupción, se aprovecha la confusión política para proceder contra los derechos de los trabajadores y de los pensionistas, contra los servicios públicos esenciales, y contra las mismas formas democráticas de cada país.

La mancha de la corrupción generalizada y la confusión política de la corrupción no nos puede impedir ver las cosas como son. El fenómeno internacional de la corrupción debe vincularse en primer término a la crisis del sistema económico (al hedor del sistema de apropiación del trabajo colectivo que se encuentra en descomposición), y al hecho mismo que, después de diez años de profunda crisis económica, los amos del mundo son incapaces de resolver las principales contradicciones, incapaces de superar sus problemas.

La corrupción política no la podemos reducir al caso de los propios corruptos. La corrupción, es decir, la acción de corromper o corromperse, exige la presencia de al menos dos partes, la de los corruptores y la de los corrompidos. Todo lo que vemos por las campañas de los medios es la ocultación de esta relación causa efecto, reduciéndola al mero asunto de los corruptos, procediendo así a ocultar y salvar a los corruptores.

Un buen ejemplo es el de Pujol y sus corruptelas, fruto de 40 años de consenso con la derecha y la izquierda oficial española. Pujol no podría haberse corrompido y enriquecido, como lo ha hecho él y su familia y la cúpula del mismo partido nacionalista Convergencia y Unión (que ha tenido que cambiar hasta de nombre), sin la colaboración y complicidad de importantes sectores de las grandes empresas y de los más altos dignatarios del régimen de la monarquía española. Por eso, las acusaciones oficiales que se formulan contra Pujol ocultan interesadamente a sus principales cómplices y colaboradores. Con la excusa de cargar contra los corrompidos no se puede seguir ocultando a los corruptores. Y el ejemplo del caso Pujol lo podemos generalizar a otros muchos casos de corrupción política e institucional. ¿Las corruptelas de Urdangarin y sus colaboradores se pueden disociar de la trama institucional que lo apoyaba y apoya?

Estamos comprobando por los hechos que los más altos responsables de la corrupción política e institucional son también impunes a la verdad y a la justicia. La cúpula del Banco de España imputados por la salida a Bolsa de Bankia cuentan con tantos apoyos institucionales que sus actos imprescindibles para el saqueo de las cajas de ahorro por los bancos quedarán sin condena.

La reciente inhabilitación de Más, que acelera la crisis del partido del 3%, es una decisión política sin haberse puesto al descubierto aún la trama económica. Por lo que se ve, interesa más a la casta del régimen frenar las acciones políticas de ruptura que juzgar y encarcelar a los corruptos.

Si, a lo dicho, añadimos que la ofensiva del Estado, de los partidos oficiales del régimen y de los medios contra Pujol y su partido, solo se desató cuando los nacionalistas catalanes llegaron a la conclusión de que la reforma del régimen había tocado techo, entenderemos la relación entre crisis política y corrupción. Con el rechazo del Estatuto de Autonomía de Cataluña por las Cortes, y con la sentencia del Tribunal Constitucional, comenzó el giro tendente a consultar al pueblo acerca de las relaciones con el Estado, proponiéndoles una ruta de ruptura-referéndum.

Así llegamos a entender que la corrupción y ciertas formas de denuncia de la corrupción no pretenden sino mantener el sistema político y económico en crisis.


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