La Dialéctica de la Nueva Democracia

Javier Sola. Secretario General de # SOMOS Alternativa Republicana Aragón.
Javier Sola. Secretario General de # SOMOS Alternativa Republicana Aragón.
En el actual sistema, si bien la expresión política no está prohibida totalmente, aunque ya se están produciendo excepciones, como es el caso de la Ley de Partidos, y que atendiendo a esta dinámica, pronto dejarán de ser una excepción para convertirse en una regla, se está generando y a causa precisamente de estas excepciones,  un desinterés total y absoluto hacia la política.
Un pensamiento político autónomo y un trabajo político al margen de lo convencionalmente aceptado, se está convirtiendo para la mayoría de la gente en algo irreal, abstracto, utópico e incluso altamente peligroso, a causa de la dureza con la que el régimen se está empleando a la hora de acallar cualquier voz discordante  con las políticas del gobierno, ya sea empleando la fuerza o aplicando sanciones económicas sin sentido, imposibles de asumir y que están haciendo que analistas internacionales se estén llevando las manos a la cabeza.
Además se presenta esta lucha como algo totalmente alejado de las angustias de la vida cotidiana, lo que por otra parte explica también la incomprensible apatía de la que la mayoría de la sociedad está siendo víctima, apatía que genera egoísmo e individualismo, gérmenes de la insolidaridad, inherente a un sistema que tiene como base la agresividad de la competencia y el afán de superación no de uno mismo como individuo, sino sobre los demás y a costa de los demás.
Este sistema genera una ilusión, una imagen falsa de la realidad, que nosotros contribuimos a crear, al participar de ella, entrando en la rueda consumista y auto convenciéndonos de la veracidad de esta realidad. Sin embargo ese ejercicio de auto convencimiento, no es sino instinto de protección propiamente dicho, ya que sentimos verdadero pavor a salirnos de los parámetros establecidos, no solamente por las posibles consecuencias políticas, o jurídicas, sino también por riesgo a quedar excluidos o marginados socialmente.
Esa es una de las principales herramientas del sistema, un mensaje con el que constantemente nos están bombardeando: “si saltas la línea roja, te quedas fuera”.
Sin embargo, hay personas, hombres y mujeres en esta sociedad, que no renuncian a la política como misión propia de vida, que no son víctimas de la apatía, y que tratan de mantener un pensamiento político propio, a pesar de las consecuencias que ello conlleva, incluida la indiferencia con la que en numerosas ocasiones, se encuentran en la sociedad.
Son personas que han adquirido de manera voluntaria un compromiso, pero no solo para con la sociedad, sino para consigo mismo, ya que es de ahí de dónde emana la solidaridad y el altruismo, del compromiso personal de ser cada vez mejor como individuo, creando de esta manera las condiciones apropiadas para ponerse en común con otras personas, generando debate y permitiendo sinergias que de manera individual no serían posibles y que a la postre conducen a la organización voluntaria en colectivos y asociaciones de diferentes características que contribuyen a recuperar la visión de la realidad y cuando esto sucede, nos damos cuenta de que hemos vivido en el engaño.
Es necesario e imprescindible que existan estas personas cuya actividad contestataria sirve de freno  a un sistema el cual de no existir esta constante corriente  de disconformidad, mantendría todavía hoy a la sociedad en las mismas condiciones de semi esclavitud que se dieron durante la Revolución Industrial. No nos olvidemos pues que estas personas, organizadas o no, son los que han conseguido a lo largo de décadas todas las mejoras en las condiciones de vida que hemos disfrutado hasta ahora, pero tampoco hemos de olvidar que todos los que en un momento dado de nuestras vidas, hemos participado y contribuido a ello, tenemos ahora la responsabilidad de enfrentarnos a un sistema que nos pretenden robar todo lo conquistado y hacernos retroceder a épocas que pensábamos que ya no iban a volver.
Ahora no podemos mirar hacia otro lado, tenemos un compromiso adquirido voluntariamente para con los demás, y también para con nosotros mismos, y ese compromiso solo puede basarse en seguir creciendo como individuos, desterrar de una vez por todas cualquier tipo de egoísmo, de individualismo y unir voluntades y esfuerzos para convertir esta lucha en una marea imparable que arrastre toda la podredumbre que infecta este maltratado paisaje en el que nos ha tocado vivir.
Y para ello, es necesario también la honestidad, porque hartos estamos de ver aparecer  individuos que se jactan de un pasado activista, que se ponen a sí mismos como ejemplo de lucha abnegada contra viento y marea, y que después de dar vueltas y vueltas, acaban en el mismo sitio que cuando empezaron. No han evolucionado, no han crecido como personas y utilizan su experiencia organizativa para crear dinámicas de participación basadas en el protagonismo y con el único objetivo de obtener su propio rédito, personal, político o incluso económico.
Este es un mal que afecta al movimiento disidente que impide su avance y desarrollo y del cual se sirve el sistema para neutralizarlo, y esto cuando no son agentes mismos del sistema.
Basan su actividad en el egoísmo y en la competencia política, siendo así actores y cómplices del sistema mismo al compartir y reproducir conductas que ellos mismos condenan.
El sistema emplea diversas herramientas no solo para reprimir en sí mismo las protestas de matiz político, sino para infundir miedo entre la sociedad y esta es la mayor preocupación del sistema, la pérdida del miedo, porque cuando un individuo pierde el miedo, ya no se detiene ante nada.
Las diferentes medidas adoptadas como es la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, tiene como misión infundir el miedo entre la sociedad, y no es sino una respuesta ante el miedo que el propio sistema tiene de perder el control. Argumenta la necesidad de mantener el orden ciudadano, pero en realidad ese orden es el que rige los parámetros que la clase dirigente puede controlar, son sus propios parámetros, fuera de los cuales nadie se puede salir, sin correr el riesgo de convertirse en un incontrolado. A eso se refiere el sistema, al utilizar el término “incontrolado”, (y no solamente en referencia al hecho práctico como tal, si no y esto es lo que les causa verdadero temor, a la raíz, es decir al hecho ideológico), a lo que no puede controlar.
En definitiva, es la ocultación del propio miedo, infundiendo miedo a la sociedad, miedo que en algunos casos se convierte en terror.
Es la práctica habitual de las dictaduras, infundir un tipo de miedo mucho más agresivo que la  agresión física, o económica, propiamente dichas, es el miedo psicológico, el miedo a salirte del redil, porque te anula como persona, te ubica en la apatía, te aísla y te convierte en un número más en las estadísticas. Y definitivamente te convierte en cómplice del sistema ya que al no participar de la dinámica contestataria contribuyes inconscientemente al mantenimiento del propio sistema, y esto aplicado a las masas se convierte en terrorismo de estado.
En realidad la agresión física o económica forman parte de las consecuencias que sufren aquellos que han perdido ese miedo y han decidido ejercer una oposición real no ya a un gobierno u otro, sino a un sistema en su conjunto. Esta violencia física o económica, son instrumentos del aparato represivo que en última instancia trata de acabar con las protestas cuando el miedo psicológico ya no es efectivo.
El germen de todo esto se encuentra inmerso en el propio sistema como tal; la clase dirigente no siente preocupación por una oposición a una política gubernamental u otra, o por una oposición a un partido político u otro; lo que verdaderamente teme es a la oposición que critica y actúa contra el sistema, a aquellos que pretenden salirse del sistema, porque es en el sistema mismo dónde se sustenta la clase dirigente y los partidos políticos por lo que lógicamente han de mantenerlo a toda costa, produciéndose así un efecto de retroalimentación, la clase dirigente alimenta y mantiene el sistema y el sistema mantiene y alimenta a la clase dirigente.
Por lo tanto dónde hay que incidir es en la base, en aquello de lo que se nutre la clase dirigente, en el sistema mismo.
A aquellos que defienden estos postulados se les llama antisistema, usando la palabra desde un aspecto peyorativo, y asociándola a términos como radical, marginal o violento pero si invertimos la connotación de estos términos vemos que son acertados, son antisistema porque están en contra del actual sistema que se sustenta en la explotación del individuo, son radicales, porque dentro del análisis teórico han alcanzado a vislumbrar la raíz del problema, son marginales porque se saltan los márgenes de este mismo sistema corrupto o son violentos porque violentan el sistema con sus protestas sociales. En este sentido, la legitimidad de estas protestas en las que se producen hechos violentos está más que demostrada y no es más que una respuesta lógica y humana, ante el ejercicio de todo tipo de violencia por parte del Estado.
Ahora imaginemos que estamos asistiendo a una obra de teatro, una obra con numerosos actores, interpretando cada uno su papel. La improvisación no existe ya que previamente y detrás del escenario, todos se ha repartido un papel concreto en función de sus propios intereses.
De tal manera que cuando salen al escenario, cada uno sabe lo que tiene que decir y lo que tiene que hacer.
Al otro lado está el público, que acude a la función ilusionados con una supuesta gran obra, pero que conforme se va desarrollando esta se va dando cuenta de que la obra es pésima, lo que va desanimándole e incitándole a no volver al teatro.
Pero sin público no hay representación, con lo que los actores tienen que permanecer en un constante discurso de ensalzamiento de la obra, es decir los actores están engañando al público y este a su vez acepta este engaño por que se le ha hecho creer que esta es la única obra de teatro posible. Así pues y en el teatro de la vida política, nos encontramos con un importante número de actores, Partidos Políticos, Instituciones, Organizaciones Sindicales, Poderes Fácticos, tales como Monarquía, Iglesia, Fuerzas Armadas, Banca, etc., representando cada uno su propio papel, previamente pactado, para conseguir objetivos determinados, mantenimiento de estructuras del antiguo régimen, legalizaciones políticas, mantenimiento de privilegios indecentes o de cuotas de financiación concretas y todas en un falso juego de tira y afloja, creando una falsa realidad de equilibrio social.
Mientras, la sociedad, el público, o se ve involucrada y arrastrada en este juego “democrático” que se traduce en procesos electorales desvirtuados desde el momento en el que una vez concluidos, estos actores vuelven a dar la espalda al votante para seguir dedicándose al falso juego del equilibrio social o se mantiene al margen, víctimas de la apatía y de la resignación, convencidos de que todo esto es inherente a la condición de la sociedad como entidad propia y que forma parte de la rueda cíclica del devenir histórico del ser humano, concepto que se puede expresar con la tan manida frase “ya vendrán tiempos mejores”, como si esos tiempos vinieran solos y no estuvieran condicionados por la intervención del propio ser humano.
Otro juego del que tampoco somos conscientes, consiste en conducir a las masas en la dirección que interesa a la clase dirigente. Tratada como una unidad, la masa social en general puede ser manipulada y conducida hacia no solo posiciones políticas concretas, sino también hacia estados de ánimo concretos.
Para ello, el sistema utiliza la introducción de estímulos concretos en el tejido social, que como un virus se van extendiendo por toda la unidad, a fin de conseguir una reacción concreta del conjunto de la sociedad. Estos estímulos se inoculan usando las herramientas de las que el propio sistema se ha dotado, cómo son los medios de comunicación en general o el desarrollo de falsos procesos electorales, por ejemplo. Si estos estímulos están pensados para generar una reacción concreta en la masa social que responda a los intereses de la clase dirigente, esa reacción se producirá, con lo que evidentemente, no solamente se consuma el acto de manipulación social sino que se puede predecir el futuro a corto y medio plazo de la sociedad al conocer cuál va a ser la respuesta de esta ante estos estímulos. Evidentemente esto en controlable en la medida en el que el número de sujetos aumenta; es más fácil controlar y dirigir a las masas que a un solo individuo o a un reducido número de individuos. El ser humano en su unidad existencial, es imprevisible en sus emociones y por lo tanto en sus actos, de manera que la posibilidad de manipulación psicosocial se reduce o se elimina directamente. La historia nos demuestra que los grandes cambios sociales han surgido de un solo individuo o de un reducido número de individuos, que desde la marginalidad social han actuado o bien desde la teórica o bien desde la práctica para establecer las bases de cambios en algunos casos incluso desde una perspectiva revolucionaria. En el ensayo titulado “El poder de los que están sin poder”, Václav Havel indica que el temor del sistema radica en la individualidad y en la libertad de pensamiento que esta individualidad permite, de hay la necesidad de tratar a la sociedad en su conjunto como una unidad, impregnando de ideología hasta el último acto cotidiano del individuo. El objetivo es convertir al individuo en un engranaje más del sistema, haciéndole creer que si se sale del sistema, el sistema se viene abajo, y con el sistema, él mismo y su estilo de vida.
Es la conversión de la sociedad en una unidad manipulable, anulando al ser humano como individuo, es el triunfo de la generalidad a menudo basado en la mediocridad, sobre la singularidad.
Este concepto se desarrolló tras la publicación de la Carta 77, en la que intelectuales de todos los campos de la cultura checoslovaca pidieron al régimen no un cambio político propiamente dicho, sino un cambio de valores que a la postre provocara un verdadero cambio de sistema.
Y si bien esto sucedió dentro del ámbito postotalitario de la Europa del Este, hoy en día es perfectamente extrapolable al mundo occidental en cuanto que los mecanismos y herramientas del sistema son los mismos o en todo caso muy parecidos a los usados entonces, y las reivindicaciones actuales son las mismas. No se trata de un cambio de un partido por otro, o de una política por otra, sino de un cambio de sistema, un cambio de valores y en definitiva un cambio de régimen, no solamente en lo político, sino también en lo social y en lo personal.
El actual sistema no solo pretende desarticular a la sociedad, sino que además ataca directamente al individuo en lo más básico, como es la propia autoestima. El objetivo es sumirlo en una depresión permanente para que y como método de autodefensa se aísle y se encierre en su propia cárcel mental. Se trata pues de anularlo como ser humano y convertirlo en un objeto o herramienta para el uso y beneficio de la clase dirigente, de manera que a un sistema político-social que plantea esta fórmula, solo se le puede calificar como de perverso e inmoral.
Y como ya se ha dicho, las opciones de respuesta son el aislamiento y la humillación como persona, o la organización en colectivos decididos a hacer frente a ese sistema.
Sin embargo, nos encontramos con otro problema añadido, como es una actitud permanentemente defensiva ante las agresiones constantes del sistema.
Es como si existiera una ley natural que sitúa a cada uno de los agentes en una posición determinada, por un lado el sistema y sus defensores en actitud de constante agresión y por otra la sociedad organizada en constante actitud de defensa, encontrándonos así en un punto muerto de tira y afloja, el cual puede considerarse parte del juego.
Sin embargo si logramos entender que en el contexto en el que nos movemos, la política es un constante intercambio de ideas o intereses concretos y que este flujo es consecuencia de la actuación humana, la existencia de dinámicas naturales que protagonizan estas dinámicas es inviable. Es el ser humano quien las provoca, tanto en un sentido como en otro, y buena prueba de ello, son los procesos revolucionarios que han provocados verdaderos terremotos sociales y cambios no solamente de sistema sino también de pensamiento.
Pero estos procesos no tienen lugar hasta que se cambia de actitud, es decir hasta que la sociedad salta la trinchera y pasa a la ofensiva directa y algunas veces necesariamente contundente.
Al ser una constante social, el juego del tira y afloja, hace que la clase dirigente asuma esta situación como algo normal y sienta verdadera sorpresa y temor cuando en situación puntuales, como en los escraches por ejemplo, un sector de la población, un colectivo o un grupo de personas, han saltado esa trinchera mental y han pasado a la acción. Esa sorpresa es provocada por una inversión de la realidad, del mundo al que la clase dirigente está acostumbrada y que interpreta como algo normal dentro de la naturaleza social.
No saben interpretar, no entienden las causas y lejos de analizarlas, se dotan de medidas de autodefensa que pasan por la aprobación y aplicación de leyes para protegerse, a ellos y a su forma de vida, sienten miedo, miedo físico, pero sobre todo miedo a la disolución de la barrera invisible existente entre la clase dirigente y el resto de la sociedad, una barrera que ellos mismos ha levantado para separarse de la masa, autoconvenciéndose de su superioridad como clase socialmente hablando, miedo en definitiva a una sociedad igualitaria, ya que entonces se pone de manifiesto la mediocridad de esta clase dirigente que establece esa diferencia mediante una escala basada en la posesión material y no en los valores morales.
Pero para saltar esa trinchera, esa barrera mental, hay que actuar por fases. En primer lugar recuperar la autoestima y ser consciente de la importancia que tenemos como individuos y de nuestra propia capacidad y potencial para contribuir a tan anhelado cambio, es decir tenemos que empezar a cambiar empezando por nosotros mismos. Una vez tomada conciencia de nuestra situación en la sociedad, el siguiente paso es el de compartir este cambio personal con otros individuos que se encuentran en la misma fase en la que se llega por fin a la Organización Social y Política.  Pero la Organización Política no debe de entenderse como un fin en si mismo, sino como un medio para conseguir metas más elevadas y el trabajo para conseguir esas metas, ha de estar basado en la colaboración y la aportación.
Lo mismo que los átomos se unen para formar estructuras mayores, los seres humanos, como animales gregarios, tendemos a unirnos no solamente en lo físico, sino también en lo intelectual y en lo emocional. Y es en ese intercambio de ideas y de emociones, dónde ocasionalmente salta una chispa que conecta al tejido social entre sí, convirtiéndose de esta manera en un factor aglutinante.
La Organización Política como instrumento, es pues necesaria, ya que es ahí donde se produce el intercambio y por lo tanto la diversidad y el enriquecimiento del debate.
La Naturaleza nos demuestra constantemente que el gregario es un mecanismo de defensa de la especie, y que por lo tanto es más factible hacer frente a una agresión a escala social, estando organizado que aislándote en el individualismo y por consiguiente, el muro, la barrera, la traba que la clase dirigente ha establecido es más fácil derribar. Cuando esto se produce, es cuando se toma la iniciativa y se pasa a la ofensiva, generando un cambio de roles que si se mantiene fidelidad a la motivación genera verdaderas sociedades igualitarias, suprimiendo el sistema de clases definitivamente.
Como resumen se pueden concluir cuatro conceptos vitales e imprescindibles:
–   El cambio ha de empezar por uno mismo, en definitiva creerse a sí mismo, abandonar la apática individualidad, cómplice con el sistema, estableciendo un sistema de vida regulado por una escala de valores, como la solidaridad y la colaboración, y ser permanentemente crítico hacia uno mismo y hacia el sistema.
– El sistema y la clase dirigente que lo sustenta, siente miedo, lo que demuestra su vulnerabilidad y su fragilidad.
–  La organización a nivel Social y Político es imprescindible para establecer las bases de esa colaboración y para sentirse parte de un proyecto común. Y esto desde la honestidad y sin protagonismos ni sectarismos.
–   Por último es necesario abandonar definitivamente posturas defensivas, y pasar a la ofensiva, no solamente en el discurso, sino también en la acción, porque solo así podremos conseguir los objetivos marcados que han de culminar en la consecución de una sociedad justa, equilibrada y sin desigualdades.
Javier Sola es Secretario General de # SOMOS Alternativa Republicana Aragón.

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