¿Quién le pone fronteras al hambre?

Rafael Luna. Secretario General de Alternativa Republicana (ALTER)

El colonialismo europeo fue un movimiento que se produjo fundamentalmente en el último tercio del siglo XIX.
La crisis económica de súper producción en Europa en los años 1872 y 1873, se trató de solucionar con medidas proteccionistas sobre la producción nacional frente a la competencia extranjera. Así, se impusieron aranceles aduaneros y tasas, lo cual no funcionó y la crisis siguió empeorando. Se buscó otra solución, ahora más efectiva: llevar a ultramar el excedente europeo, el colonialismo, ya que las colonias eran un buen mercado por varios motivos:
• Inversión: en Europa sobraba capital para invertir, pero como no había garantías de retorno, los inversores se fueron a las colonias;
• Los productos agrícolas, y las materias primas en general, son necesarios pero se encontraban en las colonias y se vendían en Europa;
• Mano de obra barata: era más rentable la mano de obra de las colonias que la europea.
Los partidarios del colonialismo, en algunos casos, se justificaron creando una ideología basada en el racismo. Una de sus bases era creer que el colonialismo tenía una misión civilizadora, considerando que los únicos civilizados eran los «países europeos», el resto era considerado incivilizado y salvaje. Esta ideología racista generó en Europa un sentimiento de superioridad. Pero también hubo una dura crítica al imperialismo, los socialistas y los miembros de los sindicatos obreros fueron los que más duramente lo criticaron. Una tercera vía, con los más moderados de los partidarios, lo justificaban diciendo que era una solución a la crisis capitalista europea.
El colonialismo fue una sociedad dual, por un lado colonizadores y por otro indígenas, sin convivencia entre ambas partes aunque compartían el territorio, pero sin mezclarse. Cada una de esas dos sociedad tenía su propia organización. Esta ausencia de interrelación profunda puede interpretarse como una sociedad racista, y que mantiene a los colonizadores con una vida acomodada desde la que manejan el poder político y económico.
En conclusión, la economía colonial se basa en impedir el desarrollo industrial de las colonias, de esta forma la metrópoli vende productos manufacturados caros (industriales, totalmente elaborados) mientras compra baratos, a la colonia, las materias primas (minerales, productos agrícolas, ganado, etc.) y fuentes de energía. Esto beneficia a la metrópoli y perjudica a la colonia. Otra forma de perjudicar a las colonias es mediante un comercio injusto: En algunos casos la colonia solo puede comerciar con su metrópoli, con precios impuestos por la metrópoli, que suelen tender a beneficiarla.
Durante las primeras décadas del siglo XX, el imperialismo de tipo militar y político dio paso al imperialismo económico. De esta forma las potencias prefirieron que sus colonias fueran mercados para sus productos de las industrias antes que enclaves militares y políticos. Esta situación se produjo porque los territorios colonizados independentistas acabaron con el dominio militar en sus territorios.

La descolonización que supuestamente inauguraba la aparición de países “libres y soberanos”, supuso que los territorios colonizados se sumiesen en una situación de dependencia económica y política más fuerte que nunca. En un contexto en el que el flujo de mercancías y personas traspasa todos los límites territoriales; la división entre países centrales y periféricos ha llegado a su máxima expresión.

Para alcanzar el objetivo de la globalización del sistema capitalista, las potencias han creado un entramado de organismos que posibiliten la hegemonía política, económica y militar; de una manera más sutil que en la época del colonialismo. Se sigue implantando la ideología colonizadora a través del pretexto de “misión civilizadora” o simplemente reafirmando su posición en las relaciones de poder actuales. La inserción de los países “subdesarrollados” en el mercado mundial tiene un formato periférico, por lo que a pesar de la riqueza de recursos naturales que puedan tener, se encuentran sumidos en una situación de pobreza absoluta.

La independencia de las colonias europeas en África fue consecuencia de muchos factores, entre ellos el deseo de los pueblos africanos de independizarse, inspirados por la independencia de la India, y el resentimiento popular contra el racismo y la desigualdad. Pero, además, las dos nuevas potencias surgidas tras la Segunda Guerra Mundial, la URSS y Estados Unidos, no habían participado en el reparto de África y querían asegurar su influencia en la zona. Las dos superpotencias financiaron los intereses independentistas y a los nuevos Estados. Trataban así de relanzar su industria de armamento, extender su ideología y obtener el control económico de la región.

Para alimentar, educar y modernizar a sus masas, África tomó prestadas grandes cantidades de dinero de varios países, banqueros y compañías. Gran parte de este dinero fue despilfarrado por dictadores corruptos y no revirtió en el bienestar de los pueblos; además, la deuda mermó la independencia de los Estados africanos.

De igual manera, muchos países latinoamericanos recurrieron durante la década de los años setenta a créditos de bancos multinacionales; las empresas privadas de esos países se endeudaron y posteriormente su deuda privada se convirtió en deuda pública. Esto fue posible por la clase dirigente con intereses extra nacionales, con una visión neoliberalista, o por gobiernos militares impuestos por los Estados Unidos, como en la denominada Operación Cóndor. A estos países les resultó extremadamente difícil pagar la deuda externa y las potencias aprovecharon estas deudas, junto con acciones militares, como por ejemplo el golpe a Salvador Allende, o intimidación sindical, para convertir tales países en sus neocolonias, instalando bases militares, obteniendo acceso a sus recursos naturales a precios marginalmente bajos o implantando políticas que resultaran de beneficio para el país invasor.

Otro aspecto heredado de los imperios coloniales consiste en el fenómeno llamado “reflujo poscolonial”, el cual está caracterizado por una inmigración importante de las antiguas colonias hacia las antiguas metrópolis: jamaicanos y pakistaníes en Gran Bretaña, senegaleses y argelinos en Francia, latinoamericanos y marroquíes en España, albaneses en Italia. Después de invadir estas culturas vendiéndoles las virtudes del mundo europeo y de la civilización occidental, los europeos nos quejamos ahora de ser “invadidos” por estas mismas culturas.

Para escarnio y vergüenza de todos, lo ocurrido en Lampedusa, a la muerte masiva de inmigrantes se le sumó que la ley obligaba a multar a los supervivientes con 5.000 euros por carecer de papeles y alcanzar la costa de manera ilegal. Los muertos recibían funeral de Estado y los vivos la orden de expulsión.

El punto de partida de la inmigración consiste en reconocer la libertad de emigrar y de inmigrar como un derecho humano fundamental. Es incoherente defender la libre circulación de bienes, de servicios y de capitales y oponerse a la de las personas. Desde esta perspectiva, los obstáculos a la entrada o la salida de un país constituyen un atentado a sus derechos legítimos.

El pretendido “blindaje” de las fronteras de Europa va dirigido contra el africano que cruza el estrecho de Gibraltar huyendo del hambre, contra el kurdo que cruza el Mediterráneo sin rumbo esperando que el barco en el que sobrevive sea aceptado en algún puerto europeo: la fortificación de fronteras con la pretensión de evitar en lo posible la masiva llegada de inmigrantes sin papeles a fin de evitar un incremento de la inseguridad ciudadana ligado al aumento de criminalidad, es tremendamente simplista y falsa; la relación entre inmigrante ilegal y delincuencia, afirmar esa vinculación sería cerrar los ojos a un hecho evidente.

Aplicar una solución viable no conlleva necesariamente ignorar el derecho a la vida del inmigrante a pesar de lo que muchos digan y, aunque endurecer las fronteras no acabará definitivamente con el problema si no va acompañado de una política exterior que ataque directamente las raíces de esa migración, no podemos caer en las acusaciones de racistas y xenófobos que muchos utilizan tan sólo para practicar la demagogia y sin aportar ningún tipo de alternativa posible.

Mientras todo este drama continúa desenlazándose en cámara lenta, durante el transcurso de muchos años, habrá más deportados, más familias serán separadas, habrá abusos laborales, más miedo, más terror, más injusticia.
Encontrar una solución no es cuestión únicamente de firmar un acuerdo entre estados, es por ello que se requiere una nueva política de inmigración europea que ayude a defender, no sólo, los derechos de los ciudadanos europeos, sino también a los emigrantes, forzando la desaparición del tráfico de personas o, al menos, suavizar los extremos a los que está llegando.

Alternativa Republicana no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.