Rajoy, el hombre que vino del tedio

Pedro Luis Angosto Vélez

Artículo publicado en Nueva Tribuna

Mariano Rajoy puede ser un perfecto marido, un excelente amo de casa, un buen padre para sus hijos, cosas que están muy bien para su esfera privada, pero los valores en los que fue educado, su imaginario ideológico y sus paradigmas intelectuales están a años luz de lo que el tiempo, el país y la ética exigen.

“…Bajo la barba gris, labios de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino algo más y menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza”.

(Antonio Machado)

Las generalizaciones demuestran siempre que la ignorancia continúa siendo un grado, un valor en boga entre nosotros. Generalizar cuesta poco, se mete todo en un saco y luego se habla de oídas diciendo que tales o cuales personas, colectivo, sexos y razas son y han sido siempre de tal manera y uno se queda como dios. Rico en generalizaciones, el refranero español está lleno de verdades, pero todavía son más abundantes las medias verdades y los tópicos que buscan lugares comunes manidos provenientes de la ideología más reaccionaria, esa que intentó, gracias a la iglesia católica, moldear nuestro ser individual y colectivo como si fuese un amasijo de arcilla. Quién a buen árbol se arrima…, ya se sabe; dime con quién andas y te diré…; y ese que gustaba tanto a Franco, no hay mal que por bien no venga. Catalanes roñosos; castellanos, austeros; andaluces, graciosos; murcianos, ¿murcianos? Mata al rey y vete a Murcia, se decía…; o de una puta y un marrano, nació un murciano. ¿Valenciano?, era el insulto preferido de Don Ramón María del Valle-Inclán cuando perdía los estribos y alguien se le atravesaba en el galillo. Respecto a los gallegos, es muy conocido aquel dicho que nos refiere que cuando te encuentras a un gallego en una escalera nunca sabes si está subiendo o bajando, ¿por qué? Individualicemos, concretemos.

Yo soy un murciano descastado, no tengo ningún orgullo por ser de esa tierra ni ningún prejuicio, como tampoco los tendría si hubiese nacido en cualquier otro lugar. Para mí la patria del hombre fue, es y será la Humanidad. Luego está eso de las raíces, de la patria pequeña, pero eso es patrimonio del alma y el alma sólo es de dios, vamos que pertenece a mi más estricta intimidad. Como murciano de nacimiento, madrileño de crianza, alicantino de pasto, y ciudadano del mundo, cuando veo a un gallego siempre se si sube o si baja, y Mariano Rajoy, siempre baja, nunca lo he visto subir, su tono es inexpresivo, amuermado, pesado, aburrido, lento, cansado, desganado, manso, gris, mostrenco y tristón, como aquel personaje de dibujos animados –Lippy the Lion & Hardy Har Har– que acompañó mi infancia en blanco y negro. No digo que sea hombre de pocas lecturas y menos palabras, de nulo gracejo salvo para el y tú más, de escaso nivel de asimilación, poco abierto a la evolución; tampoco asevero que camine igual que los mulos de mi pueblo, en línea recta guiado únicamente por la visión frontal que le dejan las anteojeras, en este caso no físicas sino mentales, pero sí que el hecho de que haya nacido en Galicia no tiene nada que ver para que se haya convertido en el peor presidente de Gobierno de la democracia borbónica, en una calamidad nacional, en un político inclasificable que no tiene ni la más remota idea de cuáles son las leyes éticas mínimas que deben regir el comportamiento y el quehacer cotidiano de un demócrata, de un representante del pueblo obligado, sobre todas las cosas, por las leyes inmutables de la democracia, una de las cuales es dimitir irremisible e irrevocablemente cuando el olor del estiércol que sale de la casa que riges se detecta a muchos miles de kilómetros de distancia y está lastrando el futuro en libertad, justicia y progreso de tus conciudadanos.

Valle-Inclán era gallego. Miguel Espinosa, caravaqueño, nacido a unos metros de mi casa. Ni aquél tiene responsabilidad alguna en la forma de ser de Mariano, ni éste –menos conocido pero igual de universal- en la mía. Lo que sí tiene que ver con la conformación de la personalidad de los sujetos –al fin y al cabo Rajoy, como todos, no es más que un sujeto- es la educación recibida y el medio en el que cada cual se ha criado. Mariano Rajoy puede ser un perfecto marido, un excelente amo de casa, un buen padre para sus hijos, cosas que están muy bien para su esfera privada, pero los valores en los que fue educado, su imaginario ideológico y sus paradigmas intelectuales están a años luz de lo que el tiempo, el país y la ética exigen. Usted habló de la superioridad de las estirpes como la suya respecto a otras con menos “abolengo”, por eso nombro a Wert ministro de Deseducación; afirmó que del Prestige salían unos hilillos de plastilina que luego fueron miles de toneladas de chapapote que explotaron contra las hermosísimas rocas de su tierra natal; juró, porque usted es de los que juran, ante millones de españoles en la última campaña electoral que no tocaría Educación, Sanidad ni Pensiones; compareció virtualmente ante los periodistas en una de las más bochornosas actuaciones presidenciales que se recuerdan; ha hecho retroceder a este país en poco más de año y medio a periodos pre-constitucionales y ha trabajado en el mismo partido que Bárcenas durante mucho tiempo, a escasos metros, a un tiro de piedra. Ahora, cuando el país sigue hundido, más hundido que nunca desde que acabó la dictadura, cuando uno de cada cuatro españoles no tiene que llevarse a la boca y los ricos baten records de ingresos, cuando los derechos de los trabajadores han sido laminados, cuando hemos perdido el más mínimo respeto de la comunidad internacional, cuando su gobierno ha humillado intencionadamente al Presidente de una nación hermana como es Bolivia, cuando el hedor hace reventar las trapas de las alcantarillas, su única obligación democrática es convocar urgentemente a las dos cámaras y largarse. Después, podría ingresar en un monasterio trapense –se habla sólo una vez al año en ellos- y esperar a que la Justicia diga su última palabra, si quiere decirla…

Como sé que no lo hará, recuerde que en la Alemania de su admirada conmilitona Merkel, tres ministros han dimitido por algo desde luego gravísimo: Plagiar Tesis Doctorales. Con ser esto grave, que lo es, es algo que afecta a su prestigio personal, pero no al presente y futuro de su país. En democracia y en situaciones mucho menos complejas que la presidida por usted, la única salida es la dimisión. No hay otra. Ningún país del mundo puede con tanta carga.

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Un comentario a Rajoy, el hombre que vino del tedio

  1. Excelente análisis al que, sin embargo, se le escapa un detalle de su carácter: Rajoy es un miedoso.
    Se escapa por el sótano para no oir preguntas; cuando las oye no las contesta; y cuando hace ruedas de prensa no las permite y para que no se puedan ni producir preguntas, da ruedas de prensa ectoplasmáticas.
    ¿Se puede dar menos?

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