República: instrumento de democracia

Javier González Sabín. Secretario General de la Federación de Madrid de ALTER.

Javier González Sabín. Secretario General de la Federación de Madrid de ALTER.

Frecuentemente, se suceden opiniones dispares con el fin de concretar el proyecto republicano que comparten asociaciones, partidos y otras organizaciones socio-políticas.

Un reducido sector, sostiene la legitimidad histórica de la República, cediendo erróneamente ante postulados mayormente emocionales y afectivos. Si bien es cierto que resulta incuestionable reconocer la invalidez democrática del actual sistema monárquico, las políticas inspiradas en el revanchismo y el restauracionismo no constituyen una alternativa sólida de futuro. Los principios de cara a la articulación de un Estado deben de proyectarse a partir de ideas racionales, en ningún caso influenciadas por sentimientos de venganza o anhelo personal.

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La historia ha de ser un referente didáctico, una herramienta de análisis y aprendizaje que facilite alcanzar el conjunto de propósitos planteados, reduciendo el riesgo de errores y aumentando las posibilidades de acierto. Por ello, resulta incongruente reivindicar la restauración de un régimen pasado, posiblemente alejado de la realidad actual, sino que se deben de extraer sus fundamentos para aplicarlos y actualizarlos a partir de las necesidades actuales.
Por otro lado, aunque ocasionalmente en confluencia con el primero, una vertiente del pensamiento republicano hace uso del modelo organizativo como instrumento para alcanzar doctrinas ideológicas más concretas. Principalmente, agrupaciones políticas defensoras de los postulados marxistas que emplean la dialéctica republicana como método para configurar un Estado comunista. Pese a que ambos conceptos resultan ser compatibles, y al margen de compartir dicha ideología, es determinista encubrir una doctrina ideológica en un proyecto estatal aparentemente neutral. Los principios que engloban al pensamiento republicano se reducen en los conceptos de “libertad”, “igualdad” y “fraternidad”, siendo la síntesis de todos ellos el principio de “radicalidad-democrática”. Impregnar la República de unos ideales predeterminados puede dar lugar a una reducción drástica de su naturaleza democrática, anteponiendo una doctrina ideológica al pluralismo y diversidad ideológica que debe de presentar el marco de cualquier país en democracia.
Precisamente, en torno al concepto mencionado de “radicalidad-democrática” deben de articularse las bases de un republicanismo acorde al siglo XXI. La República no debe de ser otra cosa que un instrumento que permita la total “democratización” del sistema y la plena participación de la ciudadanía en su aparato orgánico. Una herramienta que garantice la soberanía popular, el pluralismo político, las libertades en todas sus manifestaciones y el conjunto de derechos inherentes al ser humano.
Una democracia radical que no reconociese mayor distinción que el estatus de ciudadano/a, concedido por derecho humano; una democracia radical que no reconociese otra autoridad ni voz que no fuese la de la ciudadanía en su conjunto, evitando en todo lo posible los métodos de representación y fomentando la participación directa gracias al avance de las herramientas tecnológicas y comunicativas; una democracia radical que, en definitiva, garantizase una sucesión de gobiernos ciudadanos, al margen de sus inclinaciones ideológicas.
La República es el instrumento, la radicalidad democrática el fin. El futuro solo podrá entender de libertad.

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