Federico García Lorca, mártir republicano

Con motivo del 80º aniversario del asesinato del escritor Federico García Lorca, desde Alternativa Republicana queremos destacar su compromiso político con los valores de la II República.

Lorca

 

En este sentido damos difusión a este artículo escrito por Arturo del Villar, miembro del Colectivo Republicano Tercer Milenio:

Fue Dámaso Alonso el propalador del infundio. No sé si Alonso era fascista por ser un fanático catolicorromano, o era catolicorromano por ser un fiel fascista, pero lo cierto es que compartió las dos ideologías por igual. Lo lanzó en un artículo titulado “Una generación poética (1920-1936)”, publicado en marzo de 1948 en el número 35 de la revista integrista Finisterre, dirigida por el presunto filósofo retrógrado Leopoldo Eulogio Palacios, perteneciente a la secta del Opus Dei. Ahí relató una supuesta conversación que decía haber mantenido con Federico García Lorca la víspera de su fatal viaje a Granada para ser asesinado por los sublevados:

[…] hablábamos precisamente de uno de los muchos escritores que por entonces estaban ya entregados a actividades políticas. Lo que me dijo, casi al pie de la letra, fue esto (¡ah, pero falta su vivacidad, su mímica subrayadora!):
–¿Has visto, Dámaso, qué lástima? ¡Ya no va a hacer nada!… (Omito aquí una frase.) Yo nunca seré político.

No tenemos ningún motivo para aceptar que lo dijese. La ideología ultraconservadora de Alonso, intelectual mimado por la dictadura, de gran mérito como historiador y crítico literario, eso es indiscutible, nos obliga a ser cautos a la hora de valorar sus afirmaciones políticas, inevitablemente tendenciosas. En este artículo, después incorporado en 1952 a su libro Poetas españoles contemporáneos, Alonso insertó una frase, “Federico, mi príncipe muerto”, que indignó a Luis Cernuda tanto como para inspirarle el poema “Otra vez, con sentimiento”, compuesto en su exilio mexicano y agregado a su libro Desolación de la Quimera, en el que retóricamente le dice al amigo asesinado: “¿Príncipe tú de un sapo?” Es la opinión de un compañero de los dos en el grupo poético del 27.

 

POLÍTICO DEL PUEBLO

Claro que era político Lorca, aunque no se afiliara a ningún partido. No es imprescindible apuntarse a una organización y abonar una cuota para compartir sus creencias. En el caso de Lorca se aprecia con mayor motivo, dada la variedad de sus intereses, como poeta, dramaturgo, conferenciante, músico y dibujante, incapaz de someterse a una disciplina, y ni siquiera de llegar a tiempo a las citas. Su carácter resultaba individualista, aunque se encontrara a gusto entre los parias de la sociedad, los gitanos en España y los negros en los Estados Unidos.

Era un político popular, en su sentido de perteneciente al pueblo (aunque esta palabra se halla desprestigiada por habérsela apropiado un partido clasista antipopular). Lo resaltó su mejor conocedor, Ian Gibson, en su ensayo El asesinato de Federico García Lorca (Barcelona, Bruguera, 1981), ampliación de trabajos anteriores. La abundante documentación aportada en los apéndices impide cualquier duda acerca del compromiso político del poeta con la izquierda, así como del sentimiento de odio que levantó en la derecha, hasta consumarlo con su asesinato en la madrugada del 19 de agosto de 1936.

Al cumplirse ochenta años de ese crimen, organizado, preparado y ejecutado conforme a un plan siniestro contra los intelectuales considerados como enemigos, uno de tantísimos cometidos por los rebeldes contra el Gobierno constitucional legítimo, vamos a recordar su adhesión a la República y a la causa popular, dos sentimientos que siempre estuvieron profundamente unidos.

EL EJEMPLO DE MARIANA PINEDA

Una primera muestra de su ideología la dio al escribir en 1923 la tragedia que cuenta la muerte en el cadalso de Mariana Pineda, condenada por encubrir a los liberales que conspiraban contra el absolutismo de Fernando VII, y de haber bordado una bandera para ellos. Tiene como título simplemente el nombre de la heroína. Durante los cuatro años siguientes se esforzó inútilmente en buscar una compañía teatral que osara representarla: nadie se arriesgaba. La dictadura del general Primo, implantada aquel mismo año con apoyo del rey, cerraba teatros y universidades, imponía la censura a los medios de comunicación, desterraba a los intelectuales críticos, y encarcelaba a los disidentes. En tales circunstancias, el grito lanzado por Mariana en la última escena,“¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!”, se convertía en una llamada a la revolución contra el rey y su dictador, que encarcelaron a la libertad como un siglo antes lo hizo Fernando VII de Borbón.

Ofreció una lectura privada de la tragedia en el Ateneo de Barcelona en abril de 1925. No se anunció en ningún medio de comunicación para evitar su prohibición, pero asistieron notorios republicanos de la provincia, convocados reservadamente. El acto se convirtió en una exaltación de la República, y el autor fue aplaudido como el primer poeta republicano de España.

Hizo tres versiones distintas de la tragedia, y por fin la actriz republicana Margarita Xirgu se atrevió a estrenarla en el Teatro Goya de Barcelona, el 24 de junio de 1927. El público aplaudió largamente las alusiones a la libertad, exiliada entonces de España. El estreno en Madrid tuvo lugar el 12 de octubre, en el Teatro Fontalba. Uno de los espectadores, Arturo Barea, evocó años después en su exilio de español libre cómo la gente daba vivas a la República durante la representación, a pesar de la segura presencia de policías en el teatro. El capítulo “El poeta y el pueblo” de su ensayo Lorca, el poeta y su pueblo (Buenos Aires, Losada, 1957) contiene una amena crónica de las reacciones mostradas por una portera invitada al estreno, identificada con la mártir de la libertad.

LA BARRACA, ARMA POLÍTICA

Triunfante la República por decisión del pueblo el 14 de abril de 1931, tras la precipitada huida del rey, expuso Lorca un proyecto de teatro popular a su paisano y amigo Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Una vez aprobado por el Gobierno, el 10 de julio de 1932 salieron de Madrid los camiones que transportaban a los integrantes de La Barraca, nombre que se dio al grupo, dedicado a representar el teatro clásico español por ciudades y pueblos. En algunos lugares se produjeron incidentes, por la actitud provocativa de grupos antirrepublicanos.

Es que Lope de Vega, Calderón de la Barca, Rojas Zorrilla y otros dramaturgos clásicos llevaron al teatro los conflictos de clase, la oposición entre el pueblo sojuzgado y sus tiranos, los nobles, los militares y los administradores de la Justicia en nombre del rey. En aquella época de profundo absolutismo real, con la Inquisición vigilante, solamente podían denunciarse los delitos cometidos por los servidores del rey, porque la figura del monarca gozaba de absoluta impunidad, al creérsela de origen divino. Incluso se la utilizaba para fallar a favor del pueblo y en contra de sus servidores directos, poniendo fin a los dramas con una manifestación de la justicia directa del rey, que alteraba las decisiones injustas de sus subordinados.

La intención de los dramaturgos clásicos era elevar la personalidad del rey, como garante de los derechos de sus vasallos. Sin embargo, vistas esas obras por un pueblo que acababa de expulsar al rey tirano, más injusto que el más injusto de sus magistrados, reforzaban el sentimiento republicano de los espectadores: cuando el pueblo se toma la Justicia por su mano, como hacían los vecinos de Fuenteovejuna en el teatro, la razón estaba de su parte, y ningún poder era capaz de imponer otra sentencia. Los espectadores, muchos de ellos campesinos analfabetos, se identificaban con los actores.

MANIFIESTOS DE IZQUIERDAS

El compromiso político de Lorca con la izquierda se comprueba al examinar los manifiestos políticos que firmó en ese período. Puesto que en su mayor parte los recopiló Ian Gibson en el libro citado, no hace falta copiarlos. Basta con recordar las motivaciones de sus textos, para acallar a quienes pretendían sostener que el poeta careció de inquietudes políticas, y que por lo mismo su asesinato no tuvo esa motivación.

lorca balcon tricolor

Destacan entre los manifiestos el de adhesión a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, firmado en abril de 1933; contra las detenciones de escritores en la Alemania nazi, 1 de mayo de 1933; contra el proceso a Manuel Azaña, acusado de conspirador por el Gobierno de Lerroux, 14 de noviembre de 1934; contra la ultraderechista Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), 30 de octubre de 1935; en apoyo del pueblo de Etiopía contra la agresión italiana fascista, 6 de noviembre de 1935; adhesión al homenaje a Antonio Espina, acusado por el embajador de la Alemania nazi, 17 de noviembre de 1935; adhesión al manifiesto de la Unión Internacional por la Paz, 4 de febrero de 1936; por la libertad del revolucionario brasileño Luis Carlos Prestes y contra la represión imperialista en Puerto Rico, marzo de 1936; adhesión al Grupo de de Amigos de América Latina en apoyo de los luchadores antiimperialistas, abril de 1936; se integra en el Comité de Amigos de Portugal contra la dictadura fascista, mayo de 1936; firma la convocatoria del homenaje a Lenormand, Malraux y Cassou, enviados del Frente Popular francés, mayo de 1936, y la protesta por la muerte en presidio de patriotas portugueses, 1 de julio de 1936.
No relaciona Gibson que Lorca también firmó la protesta contra el proceso a Louis Aragon, incoado en París el 16 de enero de 1932, lo que demuestra por un lado su prestigio internacional, y por otro su identificación con la ideología del poeta francés, miembro del Partido Comunista que llegaría a formar parte de su Comité Central.

Se debió a la publicación del poema que iba a hacerse famosísimo, y que motivó su ruptura con el grupo superrealista, “Front Rouge”, en el que animaba a la revolución y a dar muerte a algunos políticos citados. Un juez pidió para él cinco años de cárcel, lo que obligó a los superrealistas franceses a movilizarse contra el proceso, solicitando firmas de apoyo a los escritores y artistas más prestigiosos en aquellos años. No faltaron las de Picasso y Lorca. La protesta surtió efecto, y el juicio no llegó a celebrarse.

COMUNISTA Y ANTICAPITALISTA

Aunque Lorca no se afilió a ningún partido político, su ideología es muy clara, al observar su simpatía por la Unión Soviética y por los escritores y activistas comunistas. No llegó a componer poemas en alabanza a los logros revolucionarios, como hicieron otros compañeros, porque su escritura no estaba capacitada para la épica. Pero sí se solidarizó con los oprimidos, los gitanos, los jornaleros del campo andaluz, los perseguidos por los guardias civiles al servicio de los terratenientes.

Su estancia en los Estados Unidos de Norteamérica en 1929 y 1930 le obligó a censurar y despreciar a la sociedad capitalista por excelencia: prueba de ello es su libro Poeta en Nueva York, una reiterada denuncia de la opresión a los negros, de la deificación del dólar, de la deshumanización de la vida gringa. Bien claro lo dijo en el poema “New York. Oficina y denuncia”, a pesar de su tono caótico, tomado como expresión de un acercamiento hispano al superrealismo francés:

[…] Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara. […] .

En otros poemas se repiten las acusaciones contra la sociedad estadounidense, como en “Oda al rey de Harlem”, “Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra)”, “Grito hacia Roma (Desde la torre del Chrysler Building)”, y varios más. Su poemario forma parte de los textos comentados en los departamentos de español en las universidades gringas, sin que anime a los alumnos a actuar para corregir esa situación social inhumana que aún se perpetúa. De modo que si no perteneció a ningún partido político, sí estuvo con los pobres que padecen la opresión capitalista. Fue bastante motivo para que los militares sublevados ordenaran su fusilamiento al mes de la rebelión. Se ha investigado quiénes fueron los verdugos ejecutores del asesinato, pero los responsables son los instigadores.
Este crimen inflamó a la mayor parte de sus compañeros integrantes del grupo poético del 27. Desde entonces el grupo se rompió, debido a la muerte violenta de uno de sus componentes, y porque los restantes adoptaron posiciones encontradas con relación a los criminales. Se enfrentaban las dos españas, representadas también en el grupo poético. El 19 de agosto de 1936 fue asesinado Lorca, y quedó disuelto el grupo del 27. Es un dato importante para la historia literaria, aunque intrascendente para la catástrofe organizada por los militares monárquicos sublevados. Entre tantos asesinatos como perpetraron, durante la guerra y la posguerra, el del poeta resulta insignificante.